II - La asimetría cerebral
“Ahora sabemos que a pesar de nuestra normal sensación de ser una sola persona, un solo ser, nuestro cerebro es doble, y cada mitad tiene su propia manera de conocer, su propia manera de percibir la realidad” ( EDWARDS, 1989; pg. 47).
A diferencia del de los animales, el cerebro humano no es simétrico. Sus dos hemisferios cumplen funciones distintas y en la complicadísima red de conexiones que se establece entre ambos surge la integración de formas complejas que van más allá de la interpretación de signos aislados. Esa asimetría cerebral comienza en los Australopitécidos, según se demostró en 1968, y continúa evolucionando hasta el cerebro humano. Y aún continúa porque, según parece, esa evolución no ha finalizado (ROJO-SIERRA, 1984; pgs. 120 y sig.). Además de estar relacionada con la dextralidad (uso dominante de la mano derecha), con el cruce de los hemicampos visuales de ambos ojos, y otros comportamientos y actividades del ser humano, la asimetría cerebral supone una diferencia de modos de interpretación de las percepciones y del procesamiento de datos que nos resulta de enorme interés para comprender el funcionamiento de la mente en general y, de forma más concreta, el mecanismo mental en los procesos creativos:
“Las personas creativas han reconocido las diferencias entre el proceso de reunir información y el de transformarla creativamente. Los últimos descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro comienzan a arrojar luz sobre este proceso dual. Conocer ambos lados del cerebro es un paso importante para liberar nuestro potencial creativo” (EDWARDS, 1994; pg. 42).
A partir de la observación de ciertas patologías se ha ido precisando qué funciones son propias de la actividad de cada hemisferio. Sabemos que la función del lenguaje, por ejemplo, pertenece fundamentalmente al hemisferio tipo izquierdo (algunas personas tienen las funciones de los hemisferios cerebrales invertidas, como es el caso de los zurdos). Hasta tal punto ha sido valorada esa actividad dominante en algo de tan enorme importancia para el ser humano, que el hemisferio tipo derecho fue sido considerado hasta hace muy poco como subordinado al izquierdo (EDWARDS, 1994; pg. 43). Sin embargo, la constatación de la función integradora o globalizadora del hemisferio derecho ha ido modificando esta valoración:
“Los datos indican que el hemisferio no verbal subordinado se especializa en la percepción del conjunto y que su función consiste principalmente en sintetizar la información que llega. El hemisferio verbal dominante, por el contrario, parece actuar de un modo más lógico, analítico, al estilo de un ordenador. Su lenguaje no es apto para las rápidas síntesis que realiza el hemisferio subordinado” (LEVY, 1968; pg. 1151).
Digamos que el hemisferio izquierdo lee las notas musicales, pero es el hemisferio derecho el que “ve” la música. Es el hemisferio derecho el que integra formas, interactuando con el hemisferio izquierdo que lee los elementos con los que esas formas se construyen. Esto supone también que “el hemisferio izquierdo analiza en el tiempo, mientras que el hemisferio derecho sintetiza en el espacio” (LEVY, 1974; pg. 61). La secuencialidad y la simultaneidad no son percibidas por el mismo tipo de actividad cerebral. Y esta desigualdad resulta muy interesante.
¿A qué actividad cerebral corresponde entonces la contemplación estética o emocional de una imagen o de una idea? ¿Puede analizarse de la misma forma la visión parcial o fragmentada de las cosas frente a la visión integradora o totalizadora? ¿Es el hemisferio derecho, hasta hace poco, como ya se ha dicho, valorado como subordinado al izquierdo, más espiritual? Interesantes preguntas. Aunque se puede plantear ya de entrada una observación problemática, y es que quizás no todo lo que concierne a una experiencia estética sea asunto sólo de las mecánicas cerebrales, de sus comportamientos físicos, sino que pudiera haber algo más allá de la materialidad cerebral. De hecho parece lógico pensar que todo lo que parta de los mecanismos cerebrales que tengan relación con lo ya aprendido, con la memoria, pueda estar altamente condicionado y limitado como para ser capaz de actividades realmente creativas, de crear algo nuevo. Esto nos aproxima a un ya viejo conflicto planteado entre los conceptos conciencia, mente y cerebro. No pocos son muy críticos con la posibilidad de admitir que haya mente más allá del cerebro (BUNGE, 1988). El debate es posiblemente de los que más han sido cuestionados en el campo de la psicología y la filosofía y ha sido objeto de muchos estudios (ARCAS, P. y otros). También se han cuestionado las limitaciones del pensamiento para la comprensión de realidades trascendentes (BOHM y KRISHNAMURTI, 2001); (MARTÍN, 1999). Parece claro que, de la misma forma que se han planteado diferentes niveles de realidad, también pueden plantearse diferentes niveles de conciencia:
“1: Nivel sensorio-físico, 2: Nivel fantásmico-emocional, 3: Mente representativa, 4: Mente regla-rol, 5: Nivel reflexivo-formal, 6: Nivel visión-lógico, 7: Nivel psíquico, 8: Nivel sutil, 9: Nivel causal, 10: Nivel último” (WILBER, 1994; pg. 20).
No parece sencillo definir de forma racional y científica los límites y características funcionales de la conciencia, quizás porque, sencillamente, escapa al ámbito de lo razonable y no ha podido ser definida de ninguna manera como una entidad material, sin haberse llegado más allá de comprobar en qué variables cuantitativas y cualitativas se producen los fenómenos psíquicos que se asocian con ella (PÖPPEL, 1993). Pero de forma intuitiva sí puede valorarse el alcance que tiene la diferente visión e integración de estímulos y percepciones en la conciencia para acercarnos a los procesos en los que esos estímulos, datos, signos o informaciones son articulados y modificados con una finalidad creativa. Es decir, cuando una mente humana introduce en el procesamiento de formas visuales y/o sonoras, incluidos los elementos básicos de cualquier lenguaje que con ellas se construyen, algo más que una secuencia imitativa: una interpretación en la que se involucra directamente la personalidad creadora, la mente creativa. En este tipo de procesos las realidades materiales de alguna manera son trascendidas, cambian de nivel (BLAY, 1992). De la misma forma que unas vibraciones sonoras pueden ser definidas y nombradas como notas musicales, pero eso no las convierte en música. Las casi infinitas posibilidades de ser relacionados esos elementos básicos, físicos, puede elevar su entidad a algo superior: la forma musical. Y más allá de ella a la posible emoción estética que proviene de la inspiración que dio lugar a ese trabajo. Se vislumbra en todo ello una actividad mental basada en las funciones del hemisferio derecho, en la integración de formas, mucho más allá de la secuencialidad lógica de los signos. Algo de totalizador hay en todo proceso creativo, al menos en esa diferente forma de percibir la realidad a la que hacía referencia la cita de Betty Edwards con la que se encabeza esta sección.
No sería justo despreciar el valor del pensamiento como mecanismo cerebral de tanto alcance para la actividad humana, pero todo el que haya probado a tocar en el piano una obra moderadamente compleja de contrapunto de J. S. Bach sabe que no se puede pensar en ello mientras se ejecuta. Primero se ha leído el lenguaje de esa composición, luego se ha ejercitado el movimiento corporal que posibilita su ejecución, pero en el momento de ser comprendida y en el de convertirse en música viva la preponderancia dominante del hemisferio izquierdo parece casi desaparecer. Sin duda en la mente del compositor, como en la de un escritor o un director de cine, también se da este fenómeno en el que una ordenación de elementos aislados está guiada por una visión global sin la cual el pensamiento analítico quedaría absolutamente huérfano. Otra actividad mental-cerebral actúa, en la que, por cierto, parece también desvanecerse, atenuarse, o incluso desaparecer ese mecanismo de autoconciencia racional al que se ha llamado “ego”. Cuando el pensamiento se detiene y la mente se vuelve silenciosa, aunque muy lúcida y activa, algo más que el pensamiento desaparece. Probablemente, cuando decimos en danza, música, y quizás en todas las expresiones artísticas, que hay que “dejarse llevar” nos estamos refiriendo a este cambio de las posiciones mentales. La inspiración, el abrirse a algo nuevo, parece pasar también por la debilitación previa del dominio de lo conocido, de los mecanismos dominantes del pensamiento, de esos ancestrales intentos de la humanidad por atrapar en algún tipo de red mental toda realidad cognoscible.
La asimetría cerebral: pautas y ritmo en los procesos creativos, por Aurelio del Portilloo descargar completo----- resumen