"Mi Vida sin Mí", de Isabel Coixet, por Beatriz de la Torre
¿Qué es la vida?, o mejor dicho; ¿qué significado tiene para Ann? Para una persona que apenas llora en el momento que recibe la noticia de que va a morir en unos meses, la vida se le viene encima como un montón de cubos de lluvia fría.
Pero el agua la moja por dentro, porque Ann sigue llevando una vida habitual de cara a su familia, con la excusa de la anemia.
Mientras el cáncer se le va extendiendo por el interior de su cuerpo, Ann se expande por la vida que la rodea intentando abrazar todo aquello por lo que ha pasado sin rozar durante sus 23 años de vida.
Lo interesante de la película no es resolver un final previsto, sino la forma en que resuelve la llegada de ese final firmado por obligación. La voz en off de Ann nos cuenta lo que piensa, lo que siente a veces, no continuamente como si tuviéramos la sensación, tan repetida en ocasiones, de que el film es una adaptación literaria, típico recurso por cierto cuando esto sucede, que además es el medio caso. Y digo medio, porque Coixet le da un giro de 180 º a la historia que termina haciendo suya: la protagonista, al contrario que el cuento en el que se inspiró, no decide contar a nadie que se va a morir en dos meses. De ahí la heroína que Isabel Coixet crea a su imagen y con su actriz admirada Sarah Polley.
Su heroína, como ella misma dictamina, es una mujer, una mujer práctica para consigo misma, razonable para con los demás; una mujer que mantiene en equilibrio la vida que lleva con la vida que quiere descubrir a través de pequeñas dosis de surrealismo mágico e intimista, de todas esas humildes cosas que tiene que hacer antes de morir.
Como un decálogo, Ann las apunta en una agenda. De entre todas ellas, la mayoría curiosidades casi insignificantes, destaca el desear volver a enamorar, y el amor que la envuelve también a ella, casi irremediablemente.
No sabemos si es justo o no lo que hace: mentir a su familia para ser un poco más egoísta y de paso ahorrarles el sufrimiento de aceptar la inevitable muerte de una esposa, madre, hija y amiga. No obstante, Carpe Diem parece ser el motivo de sus concentrados momentos de intentar vivir lo que no has vivido o lo que quieres volver a experimentar con más fuerza si cabe.
Ann se encuentra con personas encerradas en su mundo interior, en la mayoría de las ocasiones con un sueño obsesivo y banal, como la dependienta del café, o su compañera de trabajo. En otras, con una miseria interior tan pesada como el vacío de una soledad no aceptada, de un destino a veces impuesto, como el de su madre: una mujer aferrada a una agria forma de sentir el mundo, de recrearse en la fatalidad de su autocompasión, una derrota pactada sin tributo.
La grandeza de mostrarnos las vidas de estos personajes reside en la capacidad del cine de mirarnos ante el espejo y ver que nosotros no somos, o no hemos estado tan lejos de ser, como esos personajes. Esos personajes que vemos casi con lástima de no poder gritarles, como no lo hace Ann, que la vida no es eso, ¡que despierten! Como ella ha despertado. De todos modos, es una lección que cada uno de nosotros aprende en el momento justo.
Esos caramelos de jengibre, de energía, que endulzan la vida en pequeñas dosis, aunque piquen un poco, como los agudos sonidos de las copas de la misteriosa imagen de ese hombre que pasea sus dedos por el filo de su cristal, copas desprovistas de más o menos vida, o como el dolor agudo que no se nos revela, pero que presentimos clavándose en las entrañas de Ann. Resultan imágenes simbólicas y poéticas de plenas facultades de dirección.
Y es que Isabel Coixet, directora también de A los que aman (1998) y Cosas que nunca te dije (1995),se nutre de Lars Von Trier en su dogmática realización. Siguiendo a los personajes, acercándose, haciéndonos partícipe de los vaivenes de las acciones. Sabe alejarse también, para mostrar, de una forma poética y artística, planos de una belleza fría comparable al cine sueco en particular y nórdico en general.
Una película intimista, que nos cuenta una historia personal en primera persona. Un guión que nos conmueve los pilares más humanos de nuestra existencia. El profundo arraigo a la Vida, al amor, a todo lo que nos rodea aunque nos haga llorar o estremecernos de frío, de hambre o cansancio.
Una mirada descriptiva en ocasiones y penetrante en los miedos y en la fuerza humana. Una mirada que baila en un canto a la vida y a la libertad de la persona por encima de cualquier atadura artificiosa.
Sin duda, un verdadero baile al que Isabel Coixet nos invita, tomándonos de las manos para que nos dejemos llevar por el pálpito de su narración.