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Aurelio del Portillo
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Drama hilarante y cura de un delirante, por Cristina Rocha

Con algunos fragmentos muy poéticos y escasos momentos pretenciosos y poco verosímiles, `Lars y una chica de verdad´ (Lars and the Real Girl, Craig Gillespie, 2007) nos revela cómo las experiencias vitales y la sensibilidad de un individuo pueden llegar a consumirlo y ahogarlo en un fuero interno de mortificación psicológica y soledad.
Sin embargo, a veces, dentro de este pozo al que se va cayendo progresivamente, surge un punto de inflexión: la luz lejana del mundo exterior despierta, cual haz de lucidez, la ilusión y la motivación por buscar una salida a esa introversión. Es entonces cuando, dentro de la locura, la persona decide luchar por volver a comportarse emocionalmente con normalidad, de la manera en que su delicada cabecita tiene más a mano.

Es en este contexto cuando llega un día de cielo nublado una caja al domicilio Lars, un hombre de 27 años, con un trabajo estable y vida solitaria. A Lars no le gusta mucho el contacto con la gente y huye incluso de la cercanía con su hermano y su cuñada que viven muy próximos a él.
Repentinamente, y para la sorpresa general de los que lo conocen, Lars se acompaña de su `amor ideal´: Bianca, una muñeca de plástico de dimensiones humanas. Es con esto con lo que decide poner rumbo de pareja en su vida. Empieza a llevar bonitos jerseys y, también a arreglarse más el pelo. Todo el mundo acuerda aceptar la relación y, dentro de la anormalidad del asunto, le siguen la corriente. El encargo que hizo por Internet no le puede ser más a medida, es la chica con la que puede tener una relación adulta, que puede ayudarle a madurar y, entre otros, a adquirir el compromiso de no serle infiel...
Bianca lo rescata de su antigua rutina de encierro en casa. Pero, con el tiempo, Lars irá viendo que su muñeca ideal no es tan simplemente perfecta como parecía: las cosas que no son de verdad, como las flores de su Iglesia, no se mueren nunca pero, carecen de lo esencial, no pueden sustituir lo que debe ser en realidad.

La elección de algunos planos del film define muy bien las carencias de Lars y lo que anhela. Por ejemplo, al inicio de la película se nos presenta al protagonista con un ligero picado y observando a través de su ventana un grupo de niños que juegan entre los aparcamientos. Esa ventana, de por medio con el mundo exterior, parece dejarlo entre rejas y, su casa en general, es un santuario al que no invita ni a pasar a su cuñada en una mañana helada. En otras ocasiones, el hombre se halla pensativo dentro de su casa y de forma muy marcada, le llega la luz de fuera del porche de la casa de su hermano, que es feliz y tiene un hogar. Lars se va a vivir con ellos, con su hermano, su cuñada y Bianca. Pero la muñeca nunca le podrá dar una familia. Ella sólo es un medio de comunicación encubierto que le ofrece una etapa de ensayo-error antes de que pueda alzar el vuelo y salir del pozo. Esto mismo es lo que estalla en él, su liberación, poco antes de la muerte de Bianca. En el río dónde jugaba de pequeño las ramas de los árboles están sin hojas, y la estampa de Lars junto a su novia de plástico es la de una típica pareja en un enclave romántico a más no poder. Sin embargo, a Lars es al único al que le late el corazón allí,

Un pájaro vuela solo sobre las ramas desnudas y el protagonista ya está preparado para enfrentarse a la realidad.  Gracias a los suyos ha podido afrontar con naturalidad la cercanía con el otro y, una vez superado su peculiar modo a prueba de fallos, sólo le queda intentarlo con Margot, compañera de trabajo a la que al final de la película sólo le hubiese faltado darle el clavel pastel que llevaba en la solapa.

Este relato está lleno de instantes y momentos muy simbólicos, como el plano de Lars saliendo una mañana temprano al porche de su hermano y próxima a él hay una estalactita de hielo que se va derritiendo, las veces en las que la manta hecha por su madre le abriga el cuello, la necesidad de sentir el cariño de la familia que lo hacen mudarse con Bianca a casa de su hermano y las toallas nuevas que tiene su cuñada, que es una futura madre...

En definitiva, Lars y una chica de verdad es un drama hilarante, muy recomendable por la soltura de la narración, el brillo de la interpretación de Ryan Gosling –que interpreta el personaje de Lars- y que sólo peca de alguna que otra pequeña pretensión, como la escena del final, muy resolutiva e instantánea.

 

 

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