"Million dollar baby ", de Clint Eastwood, por María Clemente
Si sales del cine después de haber visto Million dollar baby y te preguntan qué tipo de película has visto habría varias respuestas posibles: los superficiales responderían que una de boxeo, muchos otros que un film sobre la eutanasia, y yo respondería que una película de amor.
Con tan sólo tres personajes y un gimnasio, Clint Eastwood es capaz de presentarnos tres relaciones íntimas sin necesidad de eternos diálogos ni secuencias empalagosas. Con tres frases Morgan Freeman le describe a Hilary Swank la relación que existe entre Clint Eastwood y él, una amistad marcada por el resentimiento, que ambos no dejan de demostrar a lo largo del film.
Que la chica quiera ser boxeadora y que Eastwood sea su entrenador es lo de menos. Lo que es relevante es el tormento de un hombre que cuestiona su fe a diario porque su hija no es capaz de perdonarle, frente a una humilde y cabezota Hilary Swank a la cual le falta el amor de su familia. Nos presenta la soledad de mano de tres personajes con carencias afectivas que buscan y necesitan creer y cuidar de alguien. Todo este intimismo y sentimentalismo no sólo está cuidado con la magnífica interpretación de los tres actores sino con todo lo demás. Los movimientos de cámara que envuelven a los personajes en el ring, los primerísimos planos, la melancólica banda sonora, y, sobre todo, el juego de luces y sombras tan acusado en las secuencias nocturnas dentro del gimnasio en las que sólo nos deja ver los ojos del personaje manteniendo su rostro en penumbra al estilo western. Esto suele hacerlo solamente con Freeman y Eastwood, que son los personajes más atormentados y más opacos. A Hilary Swank siempre la vemos claramente, ya que su personaje es mucho más transparente y sincero.
Con 74 años y mucho cine a sus espaldas Clint Eastwood ha realizado con determinación y sobre todo con una completa sinceridad, dejando a un lado el cine comercial americano, un film muy personal y contenido que, bajo mi parecer, resulta difícil de asimilar nada más salir del cine. Es una película que hay que rumiar en casa después de verla.