Un lienzo en blanco
Es domingo, la entrega de los Goya, y entre tanto agradecimiento repetitivo (lo cual es comprensivo por los nervios del momento) escucho a Daniel Sánchez Arévalo (mejor dirección novel) decir estas palabras: “gracias a mis padres por llenarme de amor y de traumas para contar mis historias”. En ocasiones cuando quedo con amigos a tomar algo, “discutimos” sobre temas aleatorios como si fuésemos a arreglar el mundo. Hay días más trascendentales pero otros, en cambio, lo banal preside nuestras hipótesis. El otro día en el intento de animar a una de ellas por temas amorosos, pretendimos llegar a una conclusión de porqué existen relaciones que se terminan sin más y sin recibir explicación alguna. Supongamos que la vida de una persona es un lienzo en blanco y nosotros los pintores. Sobre él, diferentes “trazos” van componiendo el cuadro de su vida. Las personas que pasan por ella, dejan una huella que inevitablemente pasa a formar parte de ese lienzo. Muchas veces el trazo es perfecto a la primera, pero otras no nos gusta e intentamos mejorarlo. Aunque deseemos que no quede ni rastro, es imposible borrarlo por completo al trazarse demasiado profundo; a no ser que haya sido tan superficial que pase desapercibido. Volveremos a pintar encima, pero la marca habrá quedado perenne, para siempre (por ejemplo veamos las patas de los caballos en pintores como Goya).Otros tipos de trazos son los abiertos y los cerrados. Los cerrados son los que ya han terminado y tenemos un total control sobre ellos (sabemos porqué están ahí, cuando se produjeron…), no nos plantean más dudas, simplemente pasan a formar parte del cuadro. Los trazos abiertos, por el contrario, son los que se han quedado a medias, inacabados. No tienen porqué ser actuales, pueden existir desde hace tiempo, pero nos persigue esa intranquilidad de haber dejado algo “a la mitad”, sin zanjar. Aunque muchas veces no dependa de nosotros, y perdamos el interés que teníamos en un principio, esa marca nos acompañará siempre, tal y como llama Sánchez Arévalo, como un “trauma”.Si nos sentimos más identificados con una película que con otra, a pesar de tratar el mismo tema, es porque por pequeña que sea, compartimos esa manera de vivirlo, ese “trauma” o experiencia. Cada uno de nosotros disfrutamos o sufrimos las cosas de manera diferente y personal. La perspectiva desde la que el director cuente una historia o trate un determinado tema, vendrá condicionado por sus vivencias personales, por las pinceladas que aparezca en “su cuadro”.Si las palabras de Sánchez Arévalo consiguieron hacerme levantar la mirada sobre el televisor, es porque de manera repentina me llamaron la atención, y pensándolas con detenimiento las considero “esencia de vida”. Me siento identificada con ellas y orgullosa de tener un cuadro que poco a poco va conteniendo trazos perfectos, corregidos, abiertos y cerrados… En definitiva un lienzo en blanco que también va llenándose de “amor y traumas”.